El Gobierno confía en que nadie gane la huelga general y los sindicatos se conforman con que nadie pierda el 29-S. Y es que se trata de la primera convocatoria de paro en que las partes no buscan partirle el espinazo al rival. Algo razonable si tenemos en cuenta que la derecha está a la espera fumándose un puro, con la idea de enterrar al Gobierno si triunfa la huelga o defenestrar a los sindicatos si fracasa la movilización.
En este contexto hay que entender el discurso pronunciado ayer por Zapatero. Por una parte, defendió el derecho a la huelga, se mostró comprensivo con los sindicatos y les ofreció diálogo tras el 29-S. Por otro lado, aseguró que es su obligación como gobernante impulsar la reforma del mercado laboral, porque el Ejecutivo “tiene el deber de intentar cambiar las cosas para que se genere empleo”. La única pieza que no encajaba en ese discurso de mano tendida fue la petición de “propuestas” a las centrales sindicales. Propuestas alternativas a las que ha impulsado durante los últimos cuatro meses no le faltan al presidente, porque las ha recibido de los sindicatos en la mesa de negociación, de la izquierda minoritaria en el Congreso y de intelectuales progresistas a través de documentos y manifiestos. Otra cosa es que no le gusten o que las considere desacertadas.
En lo que no cabe llevarle la contraria a Zapatero es en su denuncia de que el PP evita “mojarse” en cualquier tema y está obsesionado con “dañar” al Gobierno, aunque ello merme el prestigio de España en el exterior y perjudique a la mayoría de los ciudadanos.

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