Esperanza Aguirre es considerada una ricachona ultraliberal. Falsamente. La primera mentira la desmontó al confesar que no tiene dinero para pagar la calefacción de su palacete. La segunda calumnia la derribó ayer al admitir que ella prefiere ayudar a un comunista antes que a un “hijoputa”, por muy liberal que sea. Estamos, por tanto, ante una condesa pobre y roja.
Hay que ser muy justa y muy cristiana para comportarse así. En un mundo de politiquillos de tres al cuarto que anteponen el carné del compañero de partido a la competencia de cualquier rival ideológico, Aguirre demuestra que es una verdadera estadista al apostar por el comunista ajeno antes que por el hijoputa propio.
No faltará quien exija un castigo ejemplar para nuestra condesa roja. Son mediocres envidiosos. Acierta plenamente la dirección del PP al afirmar que no hay punto de comparación entre las injurias de Cobo y la gramática de Aguirre. El vicealcalde habló de “vómito”, acción que es de muy mal gusto atribuir a una señora, mientras que la presidenta se limitó a describir un hecho, pues es innegable que en el mundo hay hijos y también hay putas.
Y no sólo eso. Aguirre se ha limitado a aplicar la NLP (Nueva Lógica Popular). Si es Ru-balcaba quien debe demostrar que él no espía a los dirigentes de la derecha, también será el cargo del PP señalado por la condesa quien deba demostrar que no es tan hijoputa como se sospecha. ¿O no?
Por último, hay que destacar la cuidadosa elección del adjetivo por parte de Aguirre. Ella es una señora que podría utilizar la expresión “son of a bitch”, pronunciada con impecable acento británico, o calificar al sujeto como granuja, bribón o pilluelo. Pero prefiere hablar con el lenguaje que utiliza el pueblo al que gobierna. Otro gesto que denota la grandeza de nuestra condesa roja.

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