El elogio del olvido realizado por Zapatero el 20-N es un error. Sostiene el presidente que “todo lo que sea que eso esté en el olvido, en el olvido más profundo de la memoria de colectiva de la sociedad española, será un buen dato”. Pues no.
El buen dato sería que el franquismo tuviera cada vez menos seguidores y apologistas en España –es decir, que la extrema derecha que vive de alquiler en el PP se convirtiera en irrelevante–, pero en cambio sería un pésimo dato que se intentase enterrar en el olvido la verdad sobre uno de los regímenes más criminales de la Europa del siglo XX.
Lo explica de forma magistral la escritora Monika Zgustova, en un artículo titulado “La risa de los culpables“:
Poco después de la guerra, Arendt observó que muchos intelectuales alemanes en vez de buscar en los nazis, o sea en su propia nación, los motivos de la destrucción, recurrían a la abstracción o a la mitología: el mito sobre Adán y Eva y su expulsión del paraíso era especialmente popular para disfrazar su culpa. También Karl Jaspers, al interrogarse sobre la culpabilidad alemana tras la guerra, concluyó que nadie era inocente, ya que cada individuo es responsable de la forma en que su Estado es gobernado y un Estado criminal pesa moralmente sobre el pueblo.
Hoy somos muchos los ciudadanos europeos que, de una forma u otra, con mayor o menor intensidad, hemos vivido bajo regímenes totalitarios, entre ellos españoles, portugueses, griegos y todos los originarios de los países del antiguo Pacto de Varsovia.
En el caso de España, la posiblemente necesaria amnistía de 1977, que liberó a los opositores al régimen franquista, llevó también a que nadie fuera juzgado por sus actos durante la dictadura del general Franco. Por ello, quedan aún muchos hechos por sacar a la luz. Hasta un cierto punto es comprensible: las heridas de una guerra civil son hondas y cicatrizan muy lentamente. Es cierto que ninguno de los mencionados países que ha sufrido una dictadura había pasado, como los españoles, por la dantesca experiencia de una guerra civil. Pero un día hay que conocer el propio pasado, reflexionar sobre él y, tras debatirlo, aproximarse a los hechos acaecidos en uno y otro bando. Al igual que los alemanes, que pasaron décadas llevando a cabo un examen de conciencia, también cada español debería reflexionar sobre su actuación durante el régimen franquista. Sólo así se puede llegar a una sociedad madura.
Sí, todos debemos reflexionar sobre las razones por las que malvivimos tantos años bajo dictaduras. Porque una sociedad que permite que un poder dictatorial o totalitario la someta durante décadas es una sociedad enferma, como lo es también una sociedad como la serbia, que permitió que su Gobierno cometiera crímenes en un país hasta hacía poco hermano. Y los bacilos de esa enfermedad pueden anidar aún en el cuerpo social y en cada uno de nosotros. Por ello es necesario conocer lo que pasó y reflexionar sobre ello. Ninguna enfermedad se cura con el olvido.
Para ocultar su culpa y su vergüenza, los pueblos suelen ponerse distintas máscaras. La oferta es rica y variada. Una de las más eficaces es la máscara de la anécdota y la risa, a la que recurrieron los serbios. Otra es la careta de la confusión: enredando los hechos, las colectividades crean confusión e inventan distintos frentes de batalla, antes inexistentes, para ocultar así lo cometido. Aún otra es la de tergiversar los hechos incuestionables de una dictadura o una guerra y (como según Arendt hicieron los alemanes) transformar esos hechos tangibles en meras opiniones, algo muy parecido a lo que algunos intentar hacer en España. Otra (la de los checos) es la de lanzar venenosos ataques contra cualquiera (Havel) que se atreve a señalar esos hechos. Sumirse en la autocompasión y el victimismo es una máscara muy útil, además de cómoda, al igual que la de buscar la completa evasión en la vida privada, en ese descanso en las relaciones interpersonales, en el encierro en lo individual y en la indiferencia hacia los hechos del mundo.
Sin embargo, el olvido no limpia la conciencia ni allana el devenir colectivo: llevar una máscara durante largo tiempo llaga la piel. Algo parecido le ocurre a una sociedad si oculta la propia culpa en un intento de liberarse de ella olvidándola. Las sociedades y sus ciudadanos debemos asumir colectiva e individualmente la responsabilidad de lo que hagan o hicieron nuestros Gobiernos. Es éste uno de los actos mayores de la dignidad humana.